Como siempre los
resquicios de luz que entran por los estrechos huecos de la persiana avisan que
es la hora de que huela a café en la cocina. Es curioso como la claridad indica
que empieza un día nuevo, y es lo oscuro, lo vacío, lo que lleva a volver a
cerrar los ojos al final de la historia de la rutina.
Es ese olor a café lo
que le hace abrir los ojos, lo que le recuerda que le espera el trabajo de cada
día. Café en la cocina, café en el salón, café en el cuarto de los niños.
Los niños.
Corazón dividido, que
no sabe que su vida ya no es suya, que es de ellos, o de él.
Café que despierta. Qué
ironía del destino que sea oscuro como la misma noche, y es quien hace que, en
vez de cerrar, abras los ojos.
Rutina de siempre,
trabajo, colegio, compra, arriba, abajo, la prisa, los nervios, un beso, el
reloj, y a casa.
Da gracias, en el sofá,
por haberle dado tiempo a todo, que siempre le da, pero por si acaso. Piensa,
mirando fijamente esa foto de las primeras vacaciones, en las sonrisas que revela
el flash de una cámara; sonrisas de verdad, sonrisas que salen de dentro,
sonrisas que decían que todo estaba bien, que todo estaría bien.
Piensa, mirando
fijamente esa foto de las primeras vacaciones, qué es lo que se quedó en ese
hotel, en esa piscina, o en la orilla de esa playa. Piensa qué dejó en aquel
lugar, que nunca volvió con ella. Qué se fue, qué estaba y dónde se ha quedado
todo lo bueno que rodeaba esos momentos. Lo que sí sabe es quién no se ha ido,
quien está y dónde. Dónde.
Las cinco. Los niños.
Besos, cariño, sonrisas, cómo estás mamá, mira lo que hago mamá, sabes lo que
he aprendido hoy mamá, mamá, dónde está papá…
Papá.
Las nueve. Vuelve. Un
beso, dónde está el cariño, falta algo, qué se ha llevado el tiempo, por qué el
no sonrisas, por qué el todo malo.
No hay palabras, no hay
miradas, la complicidad se pierde conforme el reloj va marcado segundos,
minutos o días. No queda nada de lo que había en aquella foto que había estado
mirando tan fijamente esa misma tarde. No queda nada de lo que había cuando
empezó a construirse todo. Por qué de tu todo acaba quedando nada. Por qué se
ha convertido en un no te quiero, en un no nosotros, en un no del todo, en
nada.
Piensa en que la rutina
es la culpable, pero cuando aparecen las malas palabras, y los malos gestos, la
rutina se vuelve su mejor deseo. Es el oscuro, la noche, el vacío, cuando solo
la luz de su casa anuncia que los niños siguen despiertos, pero después…
Piensa en que la rutina
es la culpable, la rutina que viene después de terminar el día. Piensa en que
quizá se lo merezca, puede que haya hecho algo mal, que ya no sea la misma, que
con el tiempo lo bueno se lo llevaron las horas, que ya no es guapa, que no se
lo merece. Piensa en que quizá sea por ella, en que puede, haya que cambiar algo.
Piensa en las horas que quedan para que vuelva a oler a café.
Ya. Por fin. Luz en la
persiana otra vez. Rutina que vuelves, bendita rutina, aunque duelan un poco
sus ojos al abrirse, puede que necesite hielo, con maquillaje apenas se nota.
Sonrisa que se apaga,
intento de disimulo, colegio, compra, arriba, abajo, prisa, nervios, beso,
reloj, y a casa.
Piensa, mirando a nada,
porque apenas puede, en que quizá sea culpa suya, en que quizá el fallo no es
de nadie, solo de ella.
Mujer, compañera,
hermana, madre, amiga. Qué malo puede esconder, si da vida; la da y la regala,
la comparte, la presta, es de los suyos, de todos menos de ella. Qué malo puede
esconder, si había bueno y ya no queda, si él cambia y la cambia, si ella
intenta y no consigue, si poco a poco su luz de mañana va dejando de existir,
ya apenas queda café.
Ayuda. Ya no queda
otra, solo la ayuda, el impulso que presta una mano a extender la tuya para que
puedas seguir levantándola. La ayuda que pides y se te da. Valiente.
Valiente porque lo quieres
conseguir, por ellos, porque no se lo merecen, porque no te lo mereces.
Valiente, por seguir abriendo los ojos, por intentarlo al menos. Valiente,
porque sabes que la culpa no era tuya. Porque tu vida es de mujer valiente,
regalo.
Ahora el café sabe
mejor. Besos, sonrisas, prisas, nervios, como estás mamá, mira lo que hago
mamá, mira lo que he aprendido mamá.
Y esa foto, sigue
reflejando verdades de mentira. Ahora la felicidad parece que vuelve a querer
entrar por esa puerta. Aunque lo que de verdad entra no es la felicidad.
Miedo.
Los niños.
Se apaga, desaparece…
la luz de esa persiana ya no existe. Solo hay oscuro, vacío. Casa llena de
vacío que deja al salir por esa puerta, con ella, con su vida.
Intentaba volver a
llenar ese salón de fotos con sonrisas de verdad, con la felicidad que volvía
cuando lo malo ya no estaba, cuando el problema había desaparecido. Ahora ya no
puede.
Mujer, compañera,
hermana, madre, amiga. Se lo llevó todo, a ella, a su sonrisa, a su prisa, a
sus nervios, a su tiempo, a sus niños, y su café.


